Era una mañana oscura de invierno y yo caminaba por la calle sin ganas de nada. Las personas a mi al rededor conversaban animadamente sobre temas triviales, sonreían , lamían sus dientes y relajaban sus músculos, un paso detrás de otro. luego reían y veía como se alejaban por cada lado de la calle.
Era navidad y todo se impregnaba de esa empalagosa magia familiar. Hacía tiempo que había dejado a mi familia atrás para vivir en la gran ciudad, lejos de mi pueblo natal, el ambiente risueño y rural nunca me acabó de gustar. Me convencía a mi misma de que no lo echaba de menos y seguía adelante, después de todo a mis padres nunca les sentó bien que yo fuera "diferente" a las niñas y chicas de mi edad.
Esa mañana había quedado con mi amigo Antonio que me presentaría a su nueva novia en unos de esos cafés que solíamos frecuentar, impregnados de sueños y esperanzas de juventud que con el paso del tiempo no se llegaron a cumplir simplemente porque perdimos el interés en ello.
Cuando nos conocimos el salía con una dulce mujer de cabellos dorados y ojos tiernos. Nos volvimos íntimas enseguida. Ella producía en mi sensaciones que sería incapaz de describir. Pero Antonio no fue capaz de aceptar que alguien pudiese amarlo de verdad y al no comprendedlo dejó escapar al más brillante ángel de los cielos. Después de eso ella y yo perdimos el contacto. Nunca se lo recriminé después de todo el y yo éramos parecidos en ese aspecto.
Llegué cuarto de hora tarde a nuestra cita. Ellos ya estaban sentados en una de las mesas del fondo cerca de los lavabos. No había mucha gente. Se escuchaba una tenue música rock salida de un viejo radio casete e imperaba un reconfortante olor a café, fritanga y humanidad en general.
Antonio me saludó desde la mesa y me invito a sentarme con ellos. La mujer a su lado que parecía sacada de una revista porno, esos ojos felinos y ese cuerpo escultural del que se duda de su autenticidad, no dejaba de mirarlo con lascivia evidente. Solo su presencia me ponía tensa.
Vestía un vestido verde ajustado con un más que visible escote que era acentuado gracias a los mechones de cabello pelirrojo que le caían a ambos lados de sus senos. Ella se llamaba Crystal y era americana, fue lo poco que Antonio me pudo contar sin dar un respingo por las caricias que su amante le proporcionaba por debajo de la mesa.
Antonio se levantó nervioso y se fue precipitadamente al baño dejándome a solas con la mujer de pelo rojizo. Ella se paró un momento mirándome de arriba a abajo. Su mirada me quemaba. Se levantó despacio y se dirigió hacia el baño. Sus caderas se contoneaban a un lado y a otro, no podía dejar de mirarla. Se paró un momento en la puerta como esperando a que la siguiera y sin más entró.
No se muy bien porque me dio por seguirla ¿curiosidad o un simple impulso sexual? no lo se. Cometo tantas estupideces en mi vida que ya nada me parece para tanto como para no hacerlo.
La puerta del baño conducía a un pequeño corredor con dos puertas: una para mujeres y otra para hombre. Entreabrí la puerta del de hombres y observé incapaz de escapar del hechizo.
Crystal desabrochaba con maestría la cremallera del pantalones de su amante y metía la mano por dentro. Bastaron un par de toques más para que el chico estuviese tieso y listo para su cometido. Entonces Crystal se relamió y se sentó sobre los lavabos abriendo bien las piernas. No llevaba ropa interior.
Noté como ella dirigía la mirada directamente hacia donde yo me encontraba. Su manera tan lasciva de mirarme me hacía sudar.
Me quedé inmóvil durante bastante tiempo viendo como mi amigo sucedía embestidas sobre el sexo de su joven amante que no había dejado un segundo de mirarme, atrayéndome, queriendo encontrar algo oculto. Yo ya estaba muy húmeda y el calor reinante no dejaba de subir. Antonio paró de repente extasiado acabando dentro de Crystal. Ella no estaba satisfecha y no disimuló un ápice con cara de desilusión bajo de la mesa y se arrodillo frente a mi amigo chupándole el miembro hasta que volvió a estar listo. Ya había visto suficiente.
Pagué la cuenta y me marché. Era consciente de que no vería a Antonio en mucho tiempo, con esa novia ¿quien podría culparle? Llegue a casa con una única idea en mente. Era domingo ¿Que otra cosa iba a hacer si no? Me tiré en la silla de mi escritorio y busque pornografía en el ordenador. Era ya casi un ritual.
Los rostros y los gemidos me excitaban pero en cuanto el hombre acababa sobre las actrices sentía tal aversión que me deban nauseas. Tonteando encontré un par de vídeos que decían ser de contenido lésbico, me animé a probar. Los vídeos empezaron a encenderme de verdad trasladé mis operaciones a la cama donde estaría más cómoda. Me encantaba notar en mis dedos como mi ropa interior se mojaba cada vez más y cuando creía que ya era suficiente acariciaba mi clítoris en círculos hasta que una descarga eléctrica me subía de los pies a la cabeza y si seguía tocándome dolía. Esperaba cinco minutos y podía repetir la operación tantas veces como quisiera hasta caer rendida.
En mi mundo depravado no existía el hambre, ni el dolor, solo el placer, la humedad y finalmente el dulce sueño que precedía a otra mañana igual a la anterior.
Y así pasé la Noche Buena masturbándome viendo como mujeres hacían el amor. Nadie me reclamó, nadie llamó y al final de la noche, sudorosa y escocida, me sentía sola. Solo esperaba que alguien llegase, me abrazase por la espalda, se pegase bien a mi calentando mi frío corazón sacándome de mi mundo depravado donde solo existía yo.
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